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Notas
de interes
A Rosa López le enseñaron a
temerle al ginecólogo. Si sobrevivió al cáncer
cervicouterino fue porque asistió a una citología
por requisito laboral. Padecer de pudor y vergüenza
la ha llevado a evadir sus consultas. Y su hija ha
seguido sus pasos. No van a sus chequeos por sus
creencias, aunque saben que con ello arriesgan sus
vidas.
Cuando Rosa entró a ese cuarto, de sus poros
escurría un sudor helado. Dentro de su abdomen
revoloteaban el miedo, la vergüenza y el pudor.
Quería salir corriendo, pero la puerta se había
cerrado y no le quedaba más remedio que sacrificar
su voluntad.
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Vio el mismo
arsenal de instrumentos que conoció por primera vez hacía
casi 20 años. Lo que ella consideraba una tortura le
sucedería por segunda vez en sus 39 años de vida. Una mujer
de gabacha blanca le pidió que se tumbara en la camilla.
Ella creyó sentir que iba al matadero.
Estás muy tensa. Relajate que esto va a ser rápido”, estas
palabras elevaron su angustia. Ya sabía lo que le esperaba,
pero no lo creía necesario, no se había sentido mal. Cerró
los ojos y quiso pensar que no pasaba nada, hasta que sintió
la invasión de un cuerpo extraño, helado. Quería que lo que
para ella era casi un ultraje acabara cuanto antes.
Su ciega seguridad de que no le encontrarían nada se
desvaneció ante la preocupación de la ginecóloga. Le había
encontrado un granito en el útero, y daba la impresión de
ser una lesión precancerosa. No lo podía creer. Ella no
podía estar mal. Hizo un repaso mental de su lista de
indispensables: cumplía con las medidas de higiene, era una
compañera de vida fiel y había guardado dieta después de sus
tres partos. Pero nada la tranquilizaba, seguía pensando en
que moriría y dejaría sola a su hija de 16 años.
—No te pongás mal. Esto hay que mandarlo a examinar, pero si
es maligno, estamos bien a tiempo.
Las semanas pasaron. Le hicieron todos los exámenes
necesarios hasta que fijaron fecha para extraerle el útero
con el huésped indeseado, que crecía lento y constante. La
operación fue un éxito, pero Rosa tuvo que pasar por más
revisiones durante algunos meses. Cuando le dijeron que ya
no había peligro, no quiso volver a ver a un ginecólogo.
Aunque sabe que tiene que ir una vez al año, se deja dominar
por la pena de ser vista y tocada, así sea a costa de su
salud.
“Si las mujeres van al ginecólogo es porque ya probaron
marido”, escuchó decir Rosa López durante toda su
adolescencia. “Eso es horrible, te meten una babosada que se
abre cuando está adentro”, le chismorreaban algunas vecinas.
“Una, si se respeta, no tiene que andar enseñando sus
partes, a menos que de verdad se sienta mal”, le decían
algunas amigas. “Ese viejo me manoseó más de la cuenta, se
pasó conmigo”, se quejó con ella más de alguna conocida.
Estas y otras frases han rebotado desde siempre en su mente.
Suplieron las conversaciones madre e hija que debió tener,
cuando pequeña, la morena y amable mujer ahora de 53 años.
La figura materna que la dirigió durante su infancia y
adolescencia fue su abuela, una anciana que hacía todo lo
que estaba a su alcance para no visitar un doctor de ningún
tipo. “Cuando mi abuela se sentía mal, se tomaba un té de
hierbas, pero no iba al hospital. Menos iba a dejar que la
tocaran, era bien guardada”, recuerda Rosa. Fue creciendo
con la firme convicción de que la revisión ginecológica era
para las mujeres exhibicionistas y para las que sentían
algún malestar grave en sus genitales, descartaba cualquier
dolor de vientre. A los 17 años, Rosa tenía por objetivo
postergar lo más que pudiera una citología. En varias
ocasiones tuvo alguna molestia o irregularidad en su ciclo
menstrual, pero prefería tomar el té de hierbabuena que su
abuela siempre le recomendó. Se hizo la fuerte con tal de no
“dejarse tocar”.
Había iniciado su vida sexual a los 19, pero tenía pánico a
ser juzgada. Pensaba que todos la señalarían. Había perdido
su virginidad sin casarse, así que se imaginaba que el
doctor cuestionaría su decisión, la juzgaría y le diría que
se comportaba como una mala mujer. Peor aún, temía que se
propasara con ella.
Hay muchas salvadoreñas como Rosa, de acuerdo con la
experiencia de Ana María Jule, una médica general con más de
30 años de practicar citologías. Por su consultorio han
pasado cientos de mujeres temerosas de exponerse a una
revisión genital. “Es cultural, cómo nos criaron, cómo
compartimos conocimiento y cómo seguimos criando. Hay mucho
prejuicio y falta de educación de salud y sexualidad”,
resume.
Un año después de ser una mujer sexualmente activa, Rosa fue
invadida por un temor más grande que ser atendida por un
ginecólogo. Una de sus vecinas cayó en cama a causa de un
severo malestar genital. Rosa calcula que tenía unos 35 años
y nunca fue a una consulta hasta que sintió que no podía más
con el dolor y el mal olor que le salía de la vagina. En
pocas semanas, esa vecina se fue consumiendo a causa de
cáncer cervicouterino. Cuando fue a pasar consulta, todo su
aparato reproductor estaba invadido, ya no pudieron hacer
nada por salvarle la vida.
Ante el temor a morir, Rosa decidió hacerse su primera
citología. En ese entonces vivía cerca del mercado La
Tiendona, así que buscó una unidad de salud que estaba lejos
de su vecindario, para evitar habladurías.
—Me acordaba de todo lo que había pasado esa señora, para no
salir corriendo de la clínica. Si no la hubiera visto
sufrir, nunca hubiera decidido examinarme.
En esa ocasión, recibió buenas noticias, su aparato
reproductor estaba perfecto. Así que, en contra de las
recomendaciones de los médicos de hacerse chequeos una vez
al año, Rosa decidió no volver al ginecólogo.
Más de 19 años después de la primera citología, Rosa estaba
planeando la fiesta de quince de su hija. Faltaba casi un
año para su cumpleaños, pero había decidido comprar poco a
poco todo lo que iba a necesitar. Estaba más emocionada que
la misma Beatriz, la futura quinceañera. Era impulsada por
su deseo de darle a su hija la alegría que ella nunca tuvo.
Rosa, como buena costurera, le haría personalmente un
vestido rosado y pomposo. La fiesta iba a ser modesta, con
pocos participantes. No tenía el dinero suficiente como para
invitar a toda la comunidad La Mascota, en San Salvador, el
lugar donde en ese entonces vivía junto a sus dos hijos.
Tuvo un tercero, pero murió a los pocos meses de nacido a
causa de una neumonía.
El tiempo extra que trabajaba en la fábrica hizo mancuerna
con su vergüenza por hablar de sexualidad con ellos. Creía
que al mayor, por ser hombre, no necesitaba que se le
explicara nada. A su futura quinceañera, solo le había dado
consejos para sobrellevar la menstruación el mismo día en
que le brotó sangre por primera vez.
—No. Yo no creí necesario hablarle del ginecólogo a mi hija.
No tenía ni los 15, ni novio. Yo decía que ahí por los 18
talvez le contaba algo.
Lo que Rosa no sabía es que la etapa ideal para que una
mujer asista a su primera consulta ginecológica es la
pubertad. Así se puede trabajar en la prevención de
enfermedades antes que en la curación de estas, de acuerdo
con la ginecóloga Ligia Mónico de López. Según ella, lo
ideal es que un ginecólogo solvente cualquier inquietud que
las niñas tengan. “Las niñas debe saber cómo cuidarse de
patologías que a la larga pueden llegar a causar
enfermedades catastróficas”, revela.
Beatriz López había disfrutado la fiesta que su madre le
organizó, en septiembre de 1997. Un año después, estaba
doblemente angustiada. Mientras que su progenitora estaba a
punto de ser operada por el granito en el útero, ella había
dejado de menstruar. Tenía náuseas y su vientre plano estaba
empezando a engrosarse.
Tenía miedo. Sus fuentes informativas se reducían a sus
compañeras de escuela y algunas vecinas de su edad. No
quería preocupar más a su madre, no sabía de exámenes de
embarazo y la palabra ginecólogo le parecía un sinónimo de
deshonra. Beatriz desconocía los efectos que albergar una
nueva vida le traería a su cuerpo. Engrosó la lista de
mujeres embarazadas entre 10 y 19 años en ese tiempo. En los
últimos cinco años el Hospital de Maternidad ha atendido
entre 30 y 32 adolescentes por cada 100 embarazadas. Hasta
finales de abril de 2011 la cantidad ha seguido constante.
Los datos que el Ministerio de Salud ha publicado en su
sitio web no se han actualizado desde 2008, año en el que
28,810 adolescentes entre 15 y 19 años se inscribieron para
llevar un control prenatal.
Disimuló su embarazo el tiempo que consideró necesario para
que su madre se recuperara de la cirugía. A principios de
noviembre de 1998 Rosa, todavía en recuperación, supo que
sería abuela: “Ahí sí que me sentí bien mal, pero qué le iba
a hacer. Talvez si le hubiera hablado de eso se hubiera
guardado más. Yo lo que hice fue apoyarla en todo lo que
pude”.
El vientre de su hija crecía mes a mes. Al mismo tiempo, sus
deseos de ser abuela desplazaban la decepción que le generó
ese embarazo adolescente. Como durante su preparación
preoperatoria conoció más a fondo de la importancia de la
revisión ginecológica, le recomendó a Beatriz que visitara
al médico para que el bebé naciera sin problemas.
Rosa quería que su hija llevara un control prenatal, tal
como le habían explicado antes de su operación. Pero
convencerla fue difícil. “Yo sí quería que a ella se le
quitara esa pena y esa presión en el estómago que una siente
cuando sabe que tiene que ir a que la revisen, pero había
salido igual a mí, bien penosa”, comenta mientras se le
escapa una sonrisa nerviosa.
Rosa sufre ansiedad y ataques nerviosos, de acuerdo con la
psicóloga Ana María Morales, quien asegura que es muy normal
en mujeres que no han tenido una orientación adecuada, sobre
sexualidad, cuando niñas. “Las mismas madres les transmiten
a sus hijas un tabú hacia todo lo que tenga que ver sobre
sexualidad”.
La especialista señala la visión peyorativa que a muchas les
inculcan, por eso consideran todo lo relacionado con los
órganos genitales como algo inadecuado, de lo que hay que
avergonzarse. “El personal que atiende el área ginecológica
debería mantener ese sentido humano y un comportamiento más
comprensivo”, opina. También considera que las enfermeras y
los médicos que atiendan esta área deben dejarse de términos
técnicos y hablar con sencillez y empatía. De lo contrario,
solo conseguirán intensificar el conflicto.
Una trigueña niña nació en mayo de 1999. Rosa escogió su
nombre. Joseline se unía a la familia, y su madre
adolescente decidió no volver al ginecólogo –después de
cumplir, a regañadientes, el control prenatal.
Cuando Joseline tenía cuatro años, Rosa se movilizó para
conseguir una casa en la comunidad Distrito Italia, en
Tonacatepeque. Estaba esperanzada en que sería un buen lugar
para criar a su nieta. A medida que Joseline fue creciendo,
Rosa fue perdiendo las ilusiones. Una pandilla se apoderaba
del territorio. Rosa decidió congregarse en una iglesia
evangélica.
Cuando Joseline tenía 10 años, Rosa temía que los
pandilleros se interesaran en ella, porque se le estaba
“poniendo bonita”. Le pidió a su hermana que hospedara a su
nieta antes de que el cuerpo de niña empezara a tener curvas
de mujer. “No la veo todos los días, pero me siento más
tranquila porque está más segura. Mi hermana la cuida como a
su propia hija”.
Desde hace dos años, Rosa no vive con su nieta. Sin embargo,
no ha dejado de ir a visitarla, por lo menos tres veces a la
semana, todos los meses que la ha tenido lejos. Todavía la
trata con la misma ternura que a una pequeña de cuatro años.
Le comparte todas las enseñanzas que ha aprendido en su
iglesia y le aconseja que se porte bien y que saque buenas
notas en el colegio de niñas al que asiste –que es atendido
por religiosas.
Ahora Joseline tiene 12 años y menstrúa desde hace tres
meses. Lo primero que su abuela le dijo fue “no coma limón
cuando ande la regla, porque se le va a cortar” y “si come
huevo, le va a apestar la sangre que eche”. Lo más cercano a
un consejo sobre sexualidad que ha escuchado de su parte es
“no vaya a tener novio muy chiquita, eso no es bueno”. Rosa
todavía no encuentra palabras para hablar con su nieta sobre
la importancia de visitar al ginecólogo. “Va a llegar su
momento en que le diga por todo lo que va a tener que pasar,
pero ahorita está muy chiquita”.
La educación sobre salud mental y reproductiva que recibe
Joseline en el colegio de religiosas al que asiste es
mínima. Ha consistido en brevísimas explicaciones sobre cómo
funcionan sus órganos genitales. Sus profesoras de quinto
grado han revuelto esas remotas clases sobre el
funcionamiento fisiológico del cuerpo femenino con una
posición radical y religiosa sobre sexualidad.
Y es que la sexualidad no se reduce a relaciones coitales y
no significa libertinaje ni repartir condones como
chupabesitos, de acuerdo con las consideraciones de Ima
Guirola, encargada de relaciones públicas en el Instituto de
Estudios de la Mujer “Norma Virginia Guirola de Herrera” (CEMUJER).
Asegura que las escuelas y los colegios deberían impartir a
sus estudiantes de todas las edades una educación integral
en sexualidad.
Lo que propone es que haya una mediación pedagógica que
permita adecuar información de acuerdo con las edades de los
estudiantes. Así, una niña de siete años se conduciría por
un proceso paulatino de información, adecuado a su edad y
nivel de asimilación. “Hay que hacer una metodología que
permita de manera gradual y respetuosa, llevar la
información veraz científica y necesaria, con respecto a la
sexualidad”. Considera que ese cambio en las instituciones
educativas podría facilitar que las mujeres, desde pequeñas,
se formen una relación respetuosa y armónica con su cuerpo.
Así podrían concebir una citología como una forma de cuidar
su salud, y buscarían acceder a una. Porque los datos que el
Ministerio de Salud registró en 2008 delatan que, en ese
año, 20 establecimientos de salud en todo el país no
realizaron ni una sola citología. Mujeres de algunos
sectores de Usulután, Chinameca, San Martín, Apopa, Citalá y
otros sitios prefirieron evadir su consulta ginecológica. Y
entre enero y diciembre de 2009 el Ministerio de Salud no
pudo cumplir con la cantidad de colposcopías que esperaba.
Le faltaron 2,570 pruebas. Aunque se reivindicó en 2010,
cuando examinaron a 4,000 mujeres más de las que se habían
propuesto.
Rosa desconoce que su nieta conoce ya muchos aspectos sobre
su sexualidad. Vivir junto a cuatro mujeres le ha permitido
saber con anticipación las implicaciones que tiene
menstruar. Ensayó cómo usar toallas sanitarias desde antes
de que tuvo su primera regla y sabe que pronto tendrá que
visitar al ginecólogo. Sus tías veinteañeras se han
encargado de aclarar sus dudas, aunque no por eso deja de
sentir temor a una consulta.
Las tías de Joseline todavía no se han decidido si llevarla
o no al ginecólogo. Lo que sí están considerando es ponerle
la vacuna con el Virus del Papiloma Humano (VPH), uno de los
principales causantes de cáncer de cérvix en mujeres, y de
garganta en hombres que practican sexo oral. En otros países
se vacuna a niños de ambos sexos desde los 12 años. En El
Salvador es necesario comprar las dosis en una clínica
privada. Su costo ronda los $125 por cada dosis. Es
necesario aplicar tres dosis.
Sus tías quieren impedir que en un futuro pase a engrosar la
lista de mujeres diagnosticadas con cáncer cervicouterino.
El año pasado, 511 mujeres descubrieron que sus molestias
genitales se debían al cáncer que se desarrollaba en el
cuello de su útero, según Salud. Sus estudios arrojan que el
tipo de cáncer por el que más mujeres mueren en todo el país
es el de cérvix.
El año pasado, 466 mujeres con cáncer de cuello de útero
fueron tratadas con radioterapia por el Instituto del Cáncer
de El Salvador “Dr. Narciso Díaz Bazán”. Sus registros
indican que el de cérvix es el tipo más atendido por la
institución, al tomar en cuenta pacientes de ambos sexos.
Entre enero y mayo de 2011, un total de 217 mujeres
iniciaron su tratamiento para combatirlo.
Hace 10 años las salvadoreñas tenían más pena para buscar
atención ginecológica, según el médico Carlos Ortega,
director de Bienestar Universitario de la Universidad de El
Salvador. De acuerdo con los casos que ha conocido, poco a
poco las mujeres han ido poniendo menos restricciones a ser
atendidas.
A pesar de esa leve progresión, ha podido detectar que hay
una serie de factores que alimentan la evasión de las
consultas ginecológicas. En las 18,000 charlas sobre salud
sexual y reproductiva que organizó el año pasado conoció
mujeres que, aunque quisieran, no pueden ir a una clínica.
Deben recorrer decenas de kilómetros para llegar al
establecimiento de salud más cercano. No tienen dinero para
pagar transporte, deben atender las responsabilidades de sus
hogares y no pueden perder mucho tiempo de sus días
rutinarios.
Otras mujeres tienen unidades de salud cerca, pero sus
maridos no pueden concebirlas siendo tocadas por otros
hombres que no sean ellos. Están las que tienen el dinero
para pagar un médico privado, pero no tolerarían saberse
enfermas, así que prefieren evitarse un mal rato. Estos
condicionantes han permitido que El Salvador sea el tercer
país de Centroamérica con mayor incidencia de cáncer de
cérvix. De cada 100,000 salvadoreñas, 37 son diagnosticadas
con el padecimiento, según los datos que maneja la Agencia
Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC).
A pesar de eso, en 2010 solo 17 de cada 100 mujeres tuvieron
acceso a una citología, de acuerdo con las estimaciones del
Ministerio de Salud.
Es común que una mujer justifique y racionalice sus
evasiones, manifiesta la ginecóloga Ligia Mónico de López.
Pueden atribuir sus descuidos voluntarios a la falta de
tiempo, de dinero, a la poca confianza en la salubridad de
los establecimientos públicos o a no querer ser manoseadas.
Algunas alegan que no tienen una vida sexual activa y hasta
que ya no tienen una matriz que les examinen. “Una mujer no
deja de ser mujer solo porque no tenga útero o no tenga
relaciones. Las consultas deben ser continuas y de por
vida”.
Pero Rosa no quiere volver a ser revisada.
—El doctor me dijo que si algún día volvía a sangrar, que me
fuera corriendo a pasar consulta, porque como yo ya no tengo
matriz, no debo manchar.
—¿No le dijo que tenía que ir una vez al año?
—Sí, pero yo sé que Dios me guarda. Siempre sueño que voy y
que cuando me revisan estoy sanita. Es como si Él me avisara
que estoy bien.
Rosa está muy confiada en que su hermana y sus sobrinas le
ayuden para que Joseline pueda vencer los miedos que ni ella
ni su hija han podido superar. Quiere que ella sí tenga un
control ginecológico como es debido. Aún no sabe si se
animará a hacerse una citología el próximo año. Sus
controles debió pasarlos en abril. Si se arma de valor, irá
a pasar un mal rato con los mismos instrumentos que ha
querido olvidar, pero hasta en 2012. Asegura tener una fe
firme. Ese granito que le encontraron no volverá a poner en
peligro su vida nunca más.
—¿Y si de repente se da cuenta de que le dejó secuelas y ha
llegado demasiado tarde?
Hace un silencio, pierde la mirada y trata de cazar una
respuesta en el aire.
—Entonces me van a tener que preparar la cajita. |
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